En el mundial de fútbol, históricamente, el balance nos favorecía: Perú suma cinco clasificaciones frente a las dos de la República Democrática del Congo (RDC). Sin embargo, en el fútbol —como en la economía global— no se vive del pasado. Este 2026, la copa la veremos otra vez por televisión, y, en el terreno minero, el riesgo es ir por la misma ruta. ¿Qué ha pasado, nos dirá usted? Pues que el Congo nos ha desplazado oficialmente al tercer lugar como productores mundiales de cobre, cerrando con una producción cercana a las 3.3 millones de toneladas métricas frente a nuestras 2.6 millones que alcanzamos en 2025.
Es decir, mientras en El Congo celebran el despliegue de minas de clase mundial como Kamoa-Kakula, aquí seguimos sin resolver algunos aspectos clave que impiden el máximo aprovechamiento de nuestras reservas. El mensaje es duro, pero claro: la riqueza geológica de un país es irrelevante si la velocidad institucional no la acompaña. ¿Pero, podemos hacer algo para no perder este partido ante el Congo?
Claro que sí. El encuentro está lejos de acabar, y no debemos asumir esta cifra alcanzada por el Congo como una derrota, pero sí como una alerta poderosa. La minería peruana tiene hoy varios activos importantes que el Congo aún no puede igualar: una alta productividad, ventaja logística por su buena ubicación geográfica, una cadena de proveedora madura y un notable avance tecnológico que nos está convirtiendo en un referente global de la «Minería 4.0». Este último factor es cada vez más importante porque nuestra lucha por el liderazgo no reside solo en la profundidad de los tajos, sino en la inteligencia que aplicamos para aprovechar nuestros minerales.
Hoy operamos minas inteligentes que parecen sacadas de la ciencia ficción. El ejemplo más emblemático es Quellaveco, la primera mina 100% digital del país, que opera con una flota de 32 camiones autónomos y perforadoras de alta precisión que trabajan sin conductor, supervisadas desde un Centro Integrado de Operaciones (IOC) que procesa datos en tiempo real.
Esta vanguardia tecnológica se extiende a otras minas como Toromocho, operada por Chinalco, que ha marcado un hito al implementar la tele operación de perforadoras mediante una red 5G de baja latencia. Lo asombroso es el nivel de eficiencia: los controladores supervisan misiones críticas desde estaciones en Lima, a más de 150 kilómetros del yacimiento, garantizando continuidad y seguridad absoluta.
Y eso no es todo. Algunos proveedores de la cadena logística minera también han dado un salto cualitativo, manteniendo actualmente más de 5,000 máquinas conectadas a sistemas de monitoreo satelital, y permitiendo un mantenimiento predictivo que garantiza que la productividad no se detenga. Igual de impresionante aún es la implementación de la «Operación Aumentada», sistemas que utilizan inteligencia artificial para monitorear la mirada y los micro movimientos faciales del operador minero, detectando fatiga o somnolencia en milisegundos para prevenir accidentes.
Nada mal, ¿verdad? Pero además de esta madurez tecnológica, el Perú llega con una ventaja más frente a sus competidores, como Congo: la ejecución de una posible alianza estratégica con Chile, llamado “Proyecto 51, que ya integra incluso diálogos con Argentina, con el fin de que el bloque andino suministre el 51% del cobre mundial en los próximos 15 años. Y es que ya no se trata de una rivalidad por el volumen, sino de convertirnos en un poderoso bloque andino productor de cobre, capaz de establecer las condiciones de sostenibilidad y valor agregado en el mercado global.
Como parte de esta innovadora propuesta, la “Zona Franca del Cobre” es el eje de esta visión. La idea es transformar la región en un polo industrial capaz de proveer productos terminados para industrias de vanguardia, como la electromovilidad o la industria aeroespacial (NASA).
¿Entonces qué nos falta?
Para que todas estas ventajas se pongan en valor debemos resolver nuestros propios nudos gordianos. Por ejemplo, no podemos aspirar al trono mundial con una cartera de US$ 64,000 millones paralizada por una «tramitología» que exige hasta 400 permisos y puede extenderse por 15 años, a lo que debemos sumar propuestas legislativas que plantean limitar los años de concesión y favorecer a la minería informal/ilegal. Del mismo modo, debemos evitar una volatilidad en instituciones como el Minem (12 ministros en menos de 5 años) que hacen muy difícil mantener una regularidad en la aplicación de normas y procedimientos para el sector minero. Y, por supuesto, gestionar la conflictividad social desde una mirada holística, lo que no es tema menor.
Si consideramos todo este contexto y nos ponemos a jugar en sincronía, podemos seguir manteniendo el optimismo de ver a un Perú nuevamente líder en la producción mundial de cobre. Tenemos potencial para producir hasta 5 millones de toneladas de cobre si logramos activar nuestra cartera de proyectos y hacerla viable. Recordemos que nuestra minería ya es de “primer mundo” en su ingeniería y puesta en operación, solo necesitamos coordinar el juego en una cancha que hoy presenta nuevos competidores, y en la que no podemos darnos el lujo de jugar divididos.