Elaborado por: Germán Montes

La minería formal tiene cifras para defender su aporte, pero no siempre tiene relatos capaces de sostener su legitimidad. Durante mucho tiempo, esta legitimidad se sostuvo en resultados operativos, cumplimiento de estándares, pago de impuestos y relaciones comunitarias relativamente estables con el área de influencia. Hoy esto es insuficiente. En un país tan socialmente complejo como el nuestro, la comunicación dejó de ser un soporte reputacional para convertirse en una condición clave para la viabilidad de las operaciones mineras.

 

La minería sigue siendo uno de los motores más importantes de la economía peruana. En 2025, las exportaciones mineras alcanzaron niveles históricos y representaron cerca de dos tercios del valor exportado del país, según cifras del Boletín Estadístico Minero del Ministerio de Energía y Minas. Este documento reveló que las transferencias por canon minero, regalías y derechos de vigencia superaron los S/ 10,045 millones, el segundo registro más alto en la historia. Solo en canon minero se registraron más de S/ 6,992 millones y el empleo directo minero bordeó los 276,000 puestos de trabajo. El sector tiene argumentos concretos para explicar su aporte al país.

 

El desafío comunicacional se presenta cuando estos grandes números no se traducen en una experiencia visible de bienestar para la ciudadanía, especialmente en las zonas cercanas a las operaciones. Para el ciudadano de a pie, una cifra de canon o exportaciones puede resultar lejana si no logra conectarla con mejoras concretas en su vida cotidiana: acceso a oportunidades, empleo local, proveedores que crecen o jóvenes que se capacitan. Esta distancia también se cruza con experiencias previas, conflictos mal gestionados, promesas incumplidas, impactos percibidos o ausencia del Estado. Por eso, las cifras explican el aporte, pero las historias muestran cómo ese aporte toca la vida de las personas.

 

A esta situación se suma un contexto sociopolítico sensible donde no se suele distinguir entre la minería formal y la minería ilegal. Esta última ya está presente en casi todas las zonas mineras del país. Así, el reto para la minería formal no está solo en defenderse de una atribución de responsabilidad sobre los pasivos generados por la minería ilegal en zonas cercanas, sino en explicar con claridad qué las diferencia: fiscalización, permisos, generación de empleo formal, pago de tributos, estándares de seguridad y prácticas de remediación, entre otros aspectos.

 

Considerando este escenario, la comunicación minera no puede hoy limitarse a emitir comunicados, publicar reportes económicos o reaccionar ante potenciales crisis. Debe construir capital reputacional para las empresas formales mediante canales accesibles (radios locales, WhatsApp comunitario, voceros en campo, etc.), con un lenguaje claro y datos verificables. La información existe, pero no siempre llega en el momento, formato o tono que los públicos necesitan. Por ejemplo, un EIA o un reporte de sostenibilidad son muy completos, pero si no se traducen en mensajes comprensibles para comunidades, periodistas, trabajadores, proveedores u autoridades locales, terminan siendo un documento con mucha información, pero que pocos entienden y quieren leer.

 

Hacer digerible esta información tampoco significa vaciarla de contenido. Explicar iniciativas de gestión ambiental, monitoreo participativo, programas de empleo local, entre otros, no debe hacerse como una lista dispersa de buenas noticias. Deben integrarse a una narrativa principal y coherente que destaque qué problema busca resolver la empresa, qué compromisos asumió, qué avances puede demostrar, qué falta aún por hacer, cómo rinde cuentas y cómo viene trabajando junto con el Estado y la comunidad. La confianza se construye con un discurso consistente, coherente y sostenible en el tiempo.

 

Humanizar la minería implica mostrar las decisiones, prácticas y responsabilidades que sostienen una operación formal, pero también darle voz a quienes viven esa realidad de cerca. Los trabajadores, proveedores locales, líderes comunitarios, familias y vecinos del área de influencia pueden resultar más creíbles que un vocero corporativo cuando hablan desde experiencias reales, verificables y reconocibles para la comunidad. Las historias pueden ser herramientas potentes que explican mejor que una cifra, cómo la minería formal impacta en la vida cotidiana, qué oportunidades genera, qué preocupaciones persisten y qué compromisos todavía deben cumplirse.

 

Entonces, ¿cómo sostener una comunicación minera efectiva? La ruta depende del contexto de cada operación, pero parte de una premisa común: la confianza exige presencia constante. Esto implica diferenciar con claridad la minería formal de la ilegal, traducir el aporte económico en impactos concretos y verificables, explicar la gestión ambiental con evidencia y conectar esos datos con historias reales, contadas por voces legítimas del territorio.

 

El gran desafío ya no está solo en extraer minerales con eficiencia para aportar al desarrollo económico del país. Está en construir legitimidad con transparencia, coherencia y presencia. El reto no es producir más información, sino hacer que esa información conecte con la vida, las dudas y las expectativas de las personas.